Un fantasma en Villa Florita
Capítulo 2
-¡Qué fastidio!- dijo mi hermano Guillermo, mientras se daba la vuelta a su gorra de béisbol.- Dos semanas de vacaciones y no poder ni tan siquiera salir a dar una vuelta.
- A mí me gusta la lluvia- replicó mi prima levantándose de un viejo sillón orejero.
- A mí también me gusta, pero no en vacaciones.- Dije yo.
La verdad es que era un aburrimiento. Teníamos que hacer algo, solo llevábamos en la casa dos días y ya habíamos jugado con todos los juegos de mesa que tenía la abuela. Ni el parchís, ni las damas, ni el pictionary, nos parecían ya divertidos.
De repente, la puerta de la habitación se abrió y como un vendaval aparecieron la abuela María y Epaminondas. La abuela traía una bandeja con tres tazas de chocolate caliente y unos bollos.
- ¡Chicos! ¿Pero que son esas caras?- Dijo mirándonos sorprendida.- ¿Se ha muerto alguien?.
-¡No!- Respondió Patricia acariciando al chucho.- Solo estamos aburridos, ya me dirás, con este tiempo se aburren hasta las piedras.
Epaminondas movía su cola alegremente mientras Patricia le acariciaba el lomo. A la abuela no le gustaba vernos tan aburridos, y menos en su casa. Así que nos hizo varias sugerencias para que pasáramos el rato, como por ejemplo explicar historias de terror. Según ella, sabia muchas, y nos podría explicar alguna interesante.
¿Y qué podía haber más emocionante que explicar historias de miedo, tomando chocolate caliente en una gran casa y lloviendo?.
Desde luego mi abuela tenia unas ideas geniales. Así que le hicimos caso, y nos sentamos a la mesa a merendar. fue entonces cuando mi hermano empezó a hacer el payaso.
-¿Sabéis aquella historia de la vieja y el dedo?- Dijo con voz de misterio.
- Ésa está más vista que el tebeo.- Contestó Patricia con la boca llena de bollo.
-¿Y la del loco y la pareja del coche?- Insistió.
Mi hermano siempre tenía que dar la nota para variar, gracias a Dios la abuela intervino.
-¡ Anda cállate !- Dijo la abuela dándole una palmada detrás de la cabeza cariñosamente.- Eso son sandeces. Si queréis oír una verdadera historia de miedo, escuchad con atención lo que os explicaré.
Mi abuela nos hablaba muy bajito, haciendo el relato más intrigante. Patricia, Guillermo y yo, escuchábamos con mucha atención, hasta Epaminondas levantó las orejas para oír mejor.
-¿ Os acordáis de la casita del jardinero?
Todos asentimos con los ojos muy abiertos.
- Pues allí, hace muchos años, sucedió algo terrible. Yo era muy pequeña por aquel entonces y por eso nadie quiso explicarme lo que pasó. Pero cuando ya fui más mayor, me enteré de todo por mi hermano, que era un bocazas y lo explicaba todo. Pues bien, dicen que allí, en las noches de lluvia como la de hoy, se oían voces de mujer pidiendo auxilio.
Los tres nos quedamos alucinados. Mamá nunca nos explicó esa historia, y eso que ella vivió muchos años en casa de la abuela.
- Muchos de los sirvientes que por entonces trabajaban en la casa no se creían la historia de las voces, como la pobre Petra, la cocinera. Así que un día, cuchillo en mano por lo que le pudiera pasar, se acercó a la casita a investigar. Aquella noche la recordaré toda la vida, se armó la Mari Morena, ya que Petra nunca más apareció.
De repente se escuchó un trueno, y todos nos sobresaltamos. Todos menos mi abuela que se partía de la risa al vernos tan asustados. Hasta Epaminondas también se asustó, y subió a la falda de Patricia, temblando como una hoja. Entonces, después del ataque de risa mi abuela se puso seria de nuevo, y siguió con su relato.
- Desde aquel día, Petra la cocinera ha sido vista por varios testigos paseándose por esta casa con su cuchillo en la oscuridad.
- ¡Venga abuela, ahora nos explicas una de vaqueros!- Dijo Patricia incrédula. - Eso son historias para asustar a los bebes.
Aunque yo tuviera diez años debería ser un bebé, porque me temblaba todo el cuerpo, aun así intenté disimular un poco, no tenía ganas de ser el hazmerreír de mi hermano.
Por la noche me costó mucho dormirme, cualquier ruido me ponía los pelos de punta. Guillermo sin embargo dormía a pierna suelta, roncando sin parar. Los dos compartíamos una habitación muy espaciosa, con grandes camas y una chimenea que en la oscuridad parecía la boca de un gran monstruo.
¿Por que había tenido la abuela que explicar aquella historia?. Un escalofrío recorrió mi espalda. Ahora no podía pensar en otra cosa y para colmo tenia tanta sed que mi boca parecía la suela de un zapato. Allí no tenía agua, así que la única solución que había era ir a buscarla a la cocina. Como no quería ir solo, me levanté de la cama y fui a pedir ayuda a mi hermano, tuve que zarandearle varias veces para que se despertara, y le pedí que me acompañara. Mi hermano me contestó medio dormido, y no parecía estar muy dispuesto, la verdad.
- ¿Qué te acompañe?, No seas gallina ¿ no me digas que te has creído la historia de la abuela?, Anda déjame dormir o te vas a enterar.
En fin, no me quedaba más remedio que ir solo. Quizás mi hermano tenían razón y yo era un gallina.
Si no quería morir de sed tenía que ir yo solo, así que salí al pasillo e intenté abrir el interruptor de la luz, pero no funcionaba, seguramente la tormenta había dejado la zona sin electricidad. Menos mal que mi abuela era previsora y nos había dejado encima de la chimenea un candelabro con dos velas y una caja de cerillas.
La luz de las velas, temblequeaba a cada paso que daba, seguramente porque yo también temblaba, de miedo, claro.
Empecé a bajar por la escalera en dirección a la cocina pendiente de cualquier ruido. Las sombras que producía la luz de las velas me asustaban, lo mejor era mirar al frente y no pensar en nada, pero mis ojos no podían dejar de mirar los retratos de mis antepasados que parecían seguir todos mis movimientos con sus brillantes ojos.
Al fin llegué a la primera planta, la puerta de la cocina era batiente, como las que hay en los restaurantes, por donde salen los camareros con las bandejas de comida. Así que la abrí de un empujón y entré. Sin perder más tiempo cogí un vaso de una de las vitrinas y justo cuando iba a la nevera en busca de la jarra de agua, escuché un susurro que parecía de ultratumba, el susurro me estaba llamando.
- Maaario, Maaario.
Era la voz más espeluznante que jamás había oído . Me quede muy quieto, sin casi atreverme a respirar. Entonces, la voz calló. Pensé que a lo mejor había sido el viento y la lluvia, y no una voz lo que había oído. Seguramente por la mañana me reiría de todo aquello, pero en aquel momento estaba aterrado. Abrí la puerta del frigorífico y llené el vaso, pero las manos me temblaban tanto que la mitad del agua cayó al suelo. Cuando acabé, me dirigí hacía la puerta y comprobé horrorizado que se estaba moviendo como si alguien hubiese entrado mientras yo estaba distraído.
Me quedé petrificado, no me atrevía a mira a mi espalda, esperaba lo peor. Y así fue, cuando giré la cabeza ahí estaba Petra la cocinera, con su delantal ensangrentado, amenazándome con un gran cuchillo de cortar carne. No me dio tiempo ni de gritar, el vaso cayó al suelo rompiéndose en pedazos, y yo salí corriendo como alma que lleva el diablo hacia mi habitación. Tropecé varias veces por la escalera mientras oía a la espantosa cocinera susurrar mi nombre. Cuando llegué, abrí la puerta y corrí a despertar a mi hermano Guillermo, pero no estaba allí. “ Se los ha cargado a todos” pensé. No tenia escapatoria, lo único que podía hacer era esconderme, pero, ¿dónde?. ¿En el armario? No, seguramente sería el primer sitio donde miraría. Mientras tanto, la vieja cocinera subía por la escalera y cada paso que daba, resonaba en mi cabeza como un tambor. Decidí esconderme bajo la cama de mi hermano, no tenía tiempo de buscar nada mejor, ya que, de repente, la cocinera abrió la puerta al mismo tiempo que un relámpago iluminó toda la habitación. Era horrible, estaba atrapado.
Desde debajo de la cama, podía ver los pies descarnados de Petra, avanzando hacía mi escondite, mientras que con su voz ronca susurraba- Te encontraré, no puedes escaparte.
Era como si supiera muy bien donde me había escondido, porque nada más llegar se agachó para mirar debajo de la cama. “Dios mío, esto es el final “. La mano de la muerta blandiendo el cuchillo, apareció ante mis ojos, entonces grité.