
Fría oscuridad, enmarcada en un halo de cálida luz, el polvo flota en el aire y el murmullo de los clarines resuenan en mi cabeza. La incertidumbre me embarga.
Dos golpes sordos en la vieja y astillada puerta del chiquero anuncian mi destino, y como un vendaval la luz lo invade todo. La gente grita, suenan los timbales, ha llegado el momento de la verdad.
Frente a mí, una figura resplandeciente hace bailar la roja capa. Inclino la cabeza y avanzo hacía ella como atraído por un embrujo mortal. Embisto con todas mis fuerzas, a cambio, sólo recibo una caricia en mi zaíno lomo.
¡Olé...! - grita la plaza - ¡ olé ...!
Una y otra vez la roja capa me engaña. Entre olés y piruetas el torero me reta a seguir su juego. Verónicas y molinetes hacen levantar la plaza. La figura reluciente es mi más temida suerte.
Los clarines vuelven a sonar, grita la concurrencia , y los cascos de un caballo repiquetean en el coso.
Mi viejo amigo el caballo se acerca parsimonioso, en su lomo lleva a cuestas al que ha de ser mi verdugo.
Sangre, sudor y arena se unen en el dolor punzante de la vara.
Embisto al equino como si fuera mi vida en ello. No retrocedo ni un milímetro en esta batalla perdida. Grita el monosabio, el picador empuja con fuerza en una lucha feroz donde hombre y toro miden su bravura.
En el palco un pañuelo blanco ondea en el aire, y al compás de los timbales marcha la comitiva.
Los aplausos me conmueven. Algo hay en el ambiente que me hace estar alerta. Las mujeres coquetean con su abaníco de nacar y su traje de lunares. Los hombres miran al coso esperando el pròximo tercio. El sol de mayo me quema mi piel de toro zaíno. Y espero impaciente en el ruedo lo que ha de ser de mi vida.
Con dos saetas de fuego se acerca el banderillero, moviéndose agilmente las clava sin piedad en mi lomo. Sangre, sudor y arena se unen en el dolor punzante de los garapullos.
Ese dolor me enardece aún más, y me niego a ser vencido. Pero una y otra vez recibo el mismo castigo.
Grita la gente desde la barrera, ondea de nuevo el pañuelo en el aire, los timbales y clarines anuncian mi temprana muerte.
Estoy cara a cara con ella, viste traje de luces y en su mano la guadaña espera impaciente su turno.
La roja capa borda mi camino que no es más que el de mi muerte.
El silencio se apodera de la plaza, no se oyen ni timbales, ni clarines, ni olés, ni aplausos.
El silencio para el tiempo en un suspiro. Sangre sudor y arena se unen en el dolor punzante del estoque.
Y veloz llega mi fin de la mano del maestro. El suspiro de mi muerte me lo trago para siempre, y la fría oscuridad vuelve a cegar mi suerte.