Tauro

                 

 

Peluquería Mari Carmen: el letrero de neón rosa parpadeaba frente a mis ojos invitándome a entrar. Tenía que hacerlo. Hacía días que llevaba los pelos que parecían los de un perro rabioso, y la verdad, para ir a la boda  de Concepción de Ajenjo tenía que llevar todo en su sitio. ¡Menuda es  la  Conchi !. Todavía no sabía porqué me había invitado a su bodorrio, con lo peripuesta que es. Es tan, tan pija, que cuando va a casa de sus futuros suegros a comer se traga los huesos de aceituna porque, según ella, es de muy mal gusto dejarlos a la vista. Y es que no me puedo imaginar a una mujer más pija que la Conchi, bueno si, la Presley.

En fin, la cuestión es que tenía un verdadero problema con mi cabello, así que, después de diez minutos mirando fijamente el dichoso letrero de la peluquería Mari Carmen, opté por entrar.

Al abrir la puerta del establecimiento me encontré con el típico panorama “peluqueril” de siempre: una hilera de sillones de cuero negro llenos de clientas parlanchinas de todas las edades. A una le estaban dando mechas, a otra le hacían la manicura, y a una abuela  con cuatro pelos blancos le habían hecho lo que parecía una permanente.

Todos los secadores estaban ocupados por ávidas lectoras de revistas del corazón comentando las últimas aventuras del Conde Grijan, o de las vacaciones en la Costa Azul de la “top model” Jasmine con el multimillonario de turno.

El olor a laca y a líquidos de permanente, acompañado del calor que desprendían los secadores estaban empezando a agobiarme. Pero lo peor fue

cuando, sin previo aviso, apareció ante mí una mujer embutida en unos pantalones fucsia con camisa a juego de lo más hortera. Era Mari Carmen, al menos eso rezaba el letrerito que llevaba en la solapa. Mari Carmen, (como buena peluquera-esteticista que se precie) iba perfectamente maquillada y peinada y con olor a perfume del caro, por supuesto.

-         ¡ Buenas tardes ¡ -  dijo la peluquera- esteticista con voz chillona

           -  ¿Qué va a ser...?

- Pues eso, que vengo a que me arreglen un poco si puede ser.

La peluquera-esteticista levantó sus depiladas cejas extrañada.

     - ¿ Cómo dice ? “

- ¡ Si hombre, el pelo ! - dije mientras me ahuecaba los cabellos.

- Ya sé que esto no es Lourdes, pero bueno, algo podréis hacer, digo yo.

Escuché una risita ahogada a mi espalda, era una niña de unos seis años que reía escondiendo su mellada dentadura con las  manos.

- ¡Niños , ya se sabe ! -dijo la madre. Una mujer regordeta con la cabeza llena de rulos, y con el labio superior colorado, después de que le hubieran depilado el bigote - Ya no sé que hacer con ella; ¡ es tan traviesa.....!

“ Pues si usted no lo sabe, yo sí sabría que hacer ” pensé para mis adentros. Pero  callé, porque yo era muy educada.

Por fin, después de tres horas, diez minutos, y veintitrés segundos, me sentaron en aquella especie de potro de tortura, con la cabeza encajada en el lavapelos y me lo lavaron con todo lo que tenían a mano: champú, suavizante, una mascarilla de coco, desenredante, etc...Todo con lo que después poder inflar la factura. Luego me sentaron en la silla de cuero negro frente a un espejo ovalado. Mientras me miraba, me preguntaba por que siempre nos vemos tan horribles en los espejos de la peluquería. Nuestras ojeras, manchas, arrugas y granos, parecen multiplicarse cruelmente.

“Será mejor que no me mire más” , pensé, y así lo hice hasta el final, cuando, la peluquera-esteticista me hizo la pregunta del millón:

-          ¿Qué le parece? - dijo sonriendo como las azafatas de un, dos, tres.

Cuando me vi, casi me da un patatús. En la cabeza tenía como dos pequeñas ensaimadas hechas con mi pelo, y de su interior me caían mechones de diferentes colores, parecían las fuentes de Montjuich en plena actuación. Era lo peor que había visto en mucho tiempo. Aún así, y como siempre hacía en estos casos, puse cara de póquer y con una sonrisa petrificada  en los labios dije que me encantaba.

“ Ya me lavaré el pelo y me pondré gomina en casa, como hago siempre”.

 A la hora de pagar, aquella sonrisa postiza se me borró de golpe. ¡ Doce mil quinientas !. Y todo por quedar bien delante de la mema de la Conchi, que ni siquiera me cae bien.

La peluquera-esteticista con largas uñas fucsias me arrebató la tarjeta de crédito de las manos como si le fuera la vida en ello. Estoy segura que si hubiese podido, incluso me habría abierto el bolso para sacarla ella misma.

 “ Este mes me vuelve a tocar dieta forzada” pensé, y es que justo la semana anterior, había ido a la Boutique Grand-Mère, donde Concepción de Ajenjo y su novio Borja Javier de los Redaños habían encargado la lista de bodas. Allí compré lo único que quedaba ( porque como siempre me pasa, llego la última a todas partes, y así me luce el pelo). Era una especie de  cacharro metálico en forma de corola de flor con incrustaciones de cristal de bohemia que según la dependienta, era un florero de lo más moderno y elegante que había llegado del mismísimo Paris ( Francia ). El súper florero en cuestión, era de un hortera que echaba para atrás, pero como era del diseño más actual tuve que acoquinar la friolera de cincuenta mil pesetas,  ¡ ¡ por semejante petardo...!. Pero era el bodorrio del siglo, y no podía llegar el día de la ceremonia  sin haber regalado nada a los novios.

Después de conseguir arrancar mi tarjeta de crédito a  Mari Carmen, salí de la peluquería con la cara desencajada por el disgusto ( creo que si alguien  me llega a parar para saludarme, no sé que hubiese pasado ). Era tal mi cabreo, que bajé la cabeza, y mirando al suelo ( en la misma postura que toman los toros para embestir; aunque en vez de cuernos yo  luciera las ensaimadas de colores)  empecé a caminar rápidamente y llegué a mi casa en un “ tris ”.

 Allí por fin, pude  enderezar la cabeza, pero nadie sabe hasta que punto me arrepentí, porque al mirarme en el espejo y ver aquellas fuentes multicolores adornando mi cabeza, me di cuenta de que ni con mil kilos de gomina podría arreglar semejante desastre, además sólo faltaba una hora para la ceremonia, así que decidí dejarme el pelo como lo tenía, y dedicarme a vestirme y maquillarme.

Descolgué cuidadosamente el vestido de raso rojo que hacía unas semanas había encargado confeccionar a una sastra amiga de mi madre, una tal Paquita Murcia:  muy conocida entre la gente bien de mi pueblo. Nada más sacarlo de la bolsa casi se me caen los palos del sombrajo. “ ¿Aquí voy a caber yo?” . El vestido parecía haber encogido como por arte de magia.

 Pronto resolví el gran enigma. Caber, me cabía, pero me estaba tan apretado que corría el peligro de sufrir gangrena en piernas y brazos. ¡Vaya pinta...!. Entre el pelo y el vestido parecía que en vez de a una boda, iba a la Rua del Carnaval de mi pueblo.

Para compensar aquel desastre, me maquillé muy discretamente y salí de casa con prisa (sólo quedaban diez minutos para que empezara la ceremonia) no podía perder más tiempo con retoques.

Cuando salí del portal a trompicones, tuve el primer incidente. Fue con la señora María (la ancianita del 3º-2ª) que al verme casi se cae por las escaleras del susto. La pobre anciana había creído que los mismísimos demonios habían llegado para llevársela con ellos.  Y no fue el único incidente. De camino  a la iglesia, un grupo de obreros que faenaban en la segunda planta de un edificio en construcción, empezaron a vociferar guarrerías varias.  Hubo uno que incluso me tiró un ladrillo, y todavía no sé porque. Pero lo peor de lo peor, fue una panda de adolescentes que me gritaron en medio de la avenida, la obscenidad más obscena que yo había escuchado en mi vida:

- ¡ Cómo te pille un toro te va a meter el cuerno por donde no te lo ha metido nadie !

“ Pues como no me lo meta en el bolso ”. pensé. Estaba avergonzada. Todo el mundo me seguía con la mirada, me señalaba,  cuchicheaban a mis espaldas (comentando mi modelito), así que, de nuevo adopté la postura “toril”: cabeza baja, mirada al frente, y empecé a caminar lo más deprisa posible intentando no tropezar con nada. Y así llegué hasta el templo.

La iglesia de “Nuestra Señora de La Pata Arrastra” era imponente. Hasta daban ganas de meterse a monja y todo.

Lo extraño es que no había nadie fuera. Eso sí, la entrada estaba decorada con flores blancas y guirnaldas: signo evidente de que se celebraba una ceremonia . A lo mejor estaba todo “dios” dentro.

Consulté mi reloj de pulsera. Efectivamente, eran la una y cinco: había llegado tarde, como siempre. Subí las escaleras ( no sin dificultad ) rezando para que las costuras del vestido no reventaran bajo la presión de mis orondas carnes. Al llegar al portón abrí la puerta que daba acceso al interior de la iglesia, el chirrido de las viejas bisagras fue tan fuerte que todos los feligreses allí reunidos se quedaron en silencio absoluto con cara de odio. Hasta el Cristo del altar me miró cabreado.  Como pude me escondí tímidamente detrás del último banco. El sacerdote  siguió con su perorata: “ Que si Eva le dijo a Adán, que si Adán le dijo a Eva”. Me dio tiempo en fijarme en la gente que tenía  delante. No conocía a nadie. Eso suele pasar en esta clase de  eventos. Pero ¿ y Maruchi ? ¿y Pocholo ? ¿ y Piluca ? ¿Dónde estaban todos mis amigos?, conociendo a Piluca seguro que se habían afianzado en una de las primeras filas. Yo no podía ser menos, así que discretamente empecé a avanzar muy despacito por uno de los laterales, pero justo cuando había llegado a la mitad, el sacerdote ordenó sentarse y rezar a toda la concurrencia. Los feligreses obedecieron “ ipso facto” dejándome allí, de pie, sola, y con cara de mema. Entonces, decidí que lo mejor era hacerle caso. Así que me senté, pero con tan mala pata que la costura de atrás del vestido reventó produciendo un desagradable ruido (parecido a una ventosidad) “ ¡Tierra, trágame !. De aquí no me muevo ni en dos meses...”. Se escucharon unas risitas histéricas ( con eco ) por todo el templo, hasta el sacerdote tuvo que contenerse. La novia lloraba desconsolada (moviendo sus hombros arriba y abajo) mientras el novio la consolaba dándole palmaditas en la espalda.

 Media hora después, cuando las cosas se habían calmado, el sacerdote continuo con su discurso. Y fue  entonces, en el momento en que la pareja se prometía amor eterno, cuando me di cuenta del gran error que había cometido: Ni Concepción de Ajenjo, ni Borja Javier de los Redaños estaban allí. Ni estaban allí, ni nunca lo estarían porque la pareja del casorio en cuestión, eran Pili Solano y Jaime  Aguirre, es decir:   ¡dos desconocidos...!. Mis peores sospechas se habían convertido en realidad.  ¡Aquella boda, no era a la que yo estaba invitada !. La vergüenza no me dejaba pensar. Esperé a que todo el mundo saliera de la iglesia para levantarme y salir corriendo hacia casa. Menudo error, todavía no podía creer que fuera cierto. Para convencerme tuve que buscar la invitación en mi pequeño bolsito de pedrería rojo, y allí estaba la dichosa tarjetita:

“ La señorita Concepción de Ajenjo, y el señor Borja Javier de los Redaños, se complacen en informarles que su enlace matrimonial se producirá el día veinticinco de Mayo del 2002, a la una del mediodía en la iglesia de Nuestra Señora. Por favor confirmen asistencia.”

Día veinticinco sí que era, pero no de mayo, ¡sino de junio !.  ¡ la boda se había celebrado hacía un mes !. En aquel momento miles de imágenes vinieron a mi mente: el florero moderno, las ensaimadas, el vestido de raso rojo, los insultos, ect...  ¡Todo aquello no había servido para nada !  ¿Y mis amigos?, ¿ Por qué no  me avisaron?. Seguro que fue Piluca. ¡Me odia !.

Lo mejor era no pensar, y así lo hice hasta que el párroco ( a eso de las diez de la noche) me echo literalmente a patadas del templo.

Sólo podía ir a casa , pedir una pizza con doble de queso, una Coca Cola, un helado, y compadecerme de mi mala suerte tumbada en el sofá toda la  noche. Eso sí, llorando, que siempre queda más dramático. Lo que sí tenía muy claro es que nunca más confiaría en mis amigos. Los muy cerdos no se molestaron ni en llamarme, aun sabiendo lo despistada que soy.

En fin, volví a casa  soportando toda clase de impertinencias por el camino, y al llegar a mi portal ( cual fue mi sorpresa) vi un sobre en el buzón, lo cogí, y volando subí por las escaleras, no sin antes encontrarme con Javier (un tipo de lo más ordinario) que me espetó  más de un improperio capaz de poner colorada a la mismísima Mercedes Milà.

  ¡Uff..!. Por fin estaba en casa. Me tiré sobre el sofá en plancha y abrí el sobre impaciente. Me quedé perpleja. ¿ Una invitación?.

  “ La señorita Piluca Gomez, y el señor Pocholo Bolo se complacen en anunciarles que su enlace matrimonial se producirá el día veinticinco de julio del 2002 a las doce del mediodía, en la Catedral de las Faves Descalzas. Se ruega confirmación.”

¡Dios mío, solo quedaba un mes para prepararlo todo!.  Tengo que llamar... a la sastra antes de que se me haga tarde. ¿ Y la lista de bodas?... ¿ dónde la tienen?  Seguro que con mi suerte  me vuelvo a equivocar. Llamaré a Maruchi, a mi madre, a mi padre, a mi hermana... A ver de que color va a ir vestida Maruchi.  ¡Ay que no me va a dar tiempo para nada...!. Como me despiste me va a pillar el toro de otra vez.

 

Tauro

Amor: No faltaran ocasiones para acaparar la atención del género masculino. Intenta sacar partido a tus encantos, por ejemplo cambiándote el look.

Salud : Procura no comer más de lo necesario, tu peso podría aumentar en los próximos días. Los nervios también pueden jugarte una mala pasada, tomate las cosas con tranquilidad.

Trabajo : Época de vacas flacas, intenta no gastar mucho. Es mal momento para ser más generosa de lo estrictamente necesario.

Dinero : Tendrás gastos imprevistos, serán cantidades importantes de dinero que llegan en mal momento y que caerán en saco roto. Trata de ahorrar todo lo que puedas.

Suerte : No vas a tener demasiada suerte, es más, vas a tener bastante mala  suerte. Desconfía de los que dicen ser tus amigos.